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TERESA: ALEGRÍA DE DIOS EN EL HOGAR PDF Imprimir E-Mail

 

1.- VIDA DE FAMILIA.

Teresa Martin nace en una familia profundamente cristiana de la Francia de finales del siglo XIX. Sus padres, hoy en proceso de beatificación, fueron el mejor modelo donde Teresa vio reflejada la honestidad de un matrimonio santo y la religión vivida a profundidad. El ambiente que la rodeó, además del hogar, las religiosas benedictinas que la educaron, trabajaron no poco, en la formación espiritual de la joven. Luego de la muerte de la madre, Celia Guérin en 1877, el Sr. Luis Martin centraba el amor de sus cinco hijas: María, Paulina, Leonia, Celina y Teresa. Cuatro hijos más habían muerto a poco de nacer.

a.- La hermosa sonrisa de la Virgen.

Hay acontecimientos en la vida de Teresa que se convirtieron, con el paso del tiempo en verdaderas experiencias de un Dios, que irrumpe en su vida, y que se hace al paso de esta joven cristiana.

A sus diez años sufrió una extraña enfermedad con dolores de cabeza, temblores, etc., su padre, hombre devoto, mando celebrar en Paris un novenario de Misas por su hijita al santuario de la Virgen de las Victorias. Un domingo, 13 de mayo de 1883, en que Teresa sufría demasiado su hermana María, imploró la salud para su hermana a la imagen de la Virgen que había en la habitación. “De repente, la Santísima Virgen me pareció hermosa, tan hermosa, que yo nunca había visto nada tan bello. Su rostro respiraba una bondad y una ternura inefables. Pero lo que me caló hasta el fondo del alma fue la “encantadora sonrisa de la Santísima Virgen”… ¡La Santísima Virgen, pensé, me ha sonreído!”. Teresa estaba totalmente sana. Esta gracia mariana la va a recordar siempre y cuando viaja a Paris, camino de Roma, años más tarde, recibe la confirmación que fue la Virgen de las Victorias quien la asistió en ese momento, quien le sonrió.

b.- Oración y eucaristía.

El primer momento orante de Teresa lo encontramos mientras se prepara a su primera comunión. Ante la pregunta de una de sus profesoras de qué hacía cuando estaba sola, ella respondió: “Yo le contesté que me metía en un espacio vacío que había detrás de mi cama y que podía cerrar fácilmente con la cortina, y que allí pensaba. ¿Y en qué piensas?, me dijo. Pienso en Dios, en la vida,…en la eternidad, bueno, pienso…Ahora comprendo que, sin saberlo, hacía oración y que ya Dios me instruía en lo secreto” .

Su primera comunión el 5 de mayo de 1884, fue un día lleno de gozo: desde los besos que recibió de quienes la quieren bien hasta lo más íntimo regalo que le preparó el propio Jesús: “¿Qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma…! Fue un beso de amor. Me sentía amada, y decía a mi vez: “Te amo y me entrego a ti para siempre”…Desde hacía mucho tiempo, Jesús y la pobre Teresita se habían mirado y se habían comprendido… Aquel día no fue ya una mirada, sino una fusión.

Ya no eran dos: Teresa había desaparecido como la gota de agua que se pierde en medio del océano. Sólo quedaba Jesús, él era el dueño, el rey. ¿No le había pedido Teresa que le quitara su libertad, pues su libertad le daba miedo? ¡Se sentía tan débil, tan frágil, que quería unirse para siempre a la Fuerza divina…!” . Con los años comprende que le había entregado su libertad. Ese mismo día profesaba en el Carmelo de Lisieux, su hermana Paulina, ahora, Inés de Jesús. Las dos pertenecían a Jesús, una por la comunión que la estrechaba más a su Corazón y la otra por los santos votos que la unían al Salvador para siempre. Ambas en ese día se desposaron con Jesucristo, ya que la entrega de Teresa en su primera comunión, será para siempre. El deseo de Teresa es reunirse con Paulina, como monja de clausura.

En su segunda comunión se repite, después de comulgar, las palabras de San Pablo, pero antes confiesa: “Sólo Jesús podía saciarme. Ansiaba el momento de poder recibirle…Ya no vivo yo, ¡es Jesús quien vive en mí…!”.

c.- Llena del Espíritu Santo.

Su confirmación el 14 de junio de 1884 fue otro momento de gracia singular: “¡Qué gozo sentía en el alma! Al igual que los apóstoles, esperaba jubilosa la visita del Espíritu Santo… Me alegraba el pensar que pronto sería una cristiana perfecta, y, sobre todo, que iba a llevar eternamente marcada en la frente la cruz misteriosa que traza el obispo al administrar este sacramento…No sentí ningún viento impetuoso al descender el Espíritu Santo, sino más bien aquella brisa tenue cuyo susurro escuchó Elías en el Horeb…Aquel día recibí la fortaleza para sufrir, ya que pronto iba a comenzar el martirio de mi alma…” . En el colegio se daba tiempo para estar con Jesús: Subía a la tribuna de la capilla y me estaba allí delante del Santísimo… ¿No era acaso Jesús mi único amigo…? No sabía hablar más que con él. Las conversaciones piadosas, me cansaban el alma… Sentía que vale más hablar con Dios que hablar de Dios, ¡pues se suele mezclar tanto amor propio en las conversaciones espirituales…!”.

d.- Adolescencia difícil.

Este es un período personalmente muy difícil para Teresa, desde los nueve hasta los doce años: su adolescencia. La muerte de la madre, cuando niña, la marcó profundamente en lo psicológico; la perdida de una familia que disminuye puesto que cada cierto tiempo un miembro ingresaba a la vida religiosa. El hogar se redujo a tres miembros, pálido reflejo de lo que había sido. La enfermedad del Sr. Martin agravó la situación. No falto el amor y la comunicación entre la familia y el Carmelo. El mejor testimonio son las cartas y la preocupación que Teresa y sus hermanas mantenían con Celina, Leonia y su padre, el Sr. Martín. El 10 de octubre de 1882, ingresa al Carmelo, Paulina, más tarde, sor Inés de Jesús, la madre sustituta de Teresa, el 15 de octubre de 1886, ingresa María, de monja, María del Sagrado Corazón, una segunda madre para la niña . Leonia hizo varios intentos de abrazar la vida religiosa, primero de clarisa y luego dos intentos con las monjas de la Visitación, hasta que finalmente perseveró con ellas y murió en esa comunidad. Finalmente con Celina se convierten en hermanas más que de sangre, de espíritu y de vocación.

e.- Dios fuerte se hace débil.

El 25 de diciembre de 1886, Teresa recibe la gracia de Navidad. Es la salida definitiva de su niñez y el paso a una adolescencia sana que la hace recuperar la confianza en sí misma. Era el tiempo en que ya suspiraba con el ingreso al Carmelo. Esa noche asistió con su padre y hermanas a la Misa del Gallo. Se necesitaba un verdadero milagro del Niño Dios para hacerla salir de su niñez: “Jesús, dulce niñito recién nacido, cambió la noche de mi alma en torrentes de luz…En esa noche, en la que él se hizo débil y doliente por mi amor, me hizo a mí fuerte y valerosa; me revistió de sus armas, y desde aquella noche bendita ya no conocí la derrota en ningún combate, sino que, al contrario, fui de victoria en victoria y comencé, por así decirlo, una carrera de gigante” . Fue la noche de su total conversión acción de un Dios fuerte poderoso. Luego de la Misa del Gallo, una vez en casa corrió a abrir sus regalos y cuando subía a su habitación escuchó a su padre decir con cierto fastidio: “Bueno, menos mal que es el último año” . Estas palabras traspasaron el corazón de Teresa, su niñez se hizo trizas, sus lágrimas asomaron a sus ojos, pero reaccionó. Bajó las escaleras y con el aire de una reina abrió sus regalos, con alegría. “¡Jesús había cambiado su corazón!.. ¡Teresita había vuelto a encontrar la fortaleza de ánimo que había perdido a los cuatro años y medio, y la conservaría para ya para siempre…!” . Curiosamente en esa misma noche se produce la conversión de Paul Claudel y la primera Navidad cristiana de Charles de Foucauld.

f.- Teresa apóstol de la caridad.

El primer fruto de esta conversión fue la caridad apostólica en el corazón de Teresa. Pensemos que a la fecha contaba con trece años de edad. Todo en ella es fruto maduro en corto tiempo. San Juan de la Cruz enseña que cuando Dios ama mucho a un alma, la hace madurar en el amor al justo, para llevarlo a Sí en su plenitud. “Rompe la tela de este dulce encuentro” . Un gran deseo de trabajar por la salvación de las almas, de los pecadores la invade; Jesús la hizo un pescador de almas. “Sentí, en una palabra, que entraba en mi corazón la caridad, sentí la necesidad de olvidarme de mí misma para dar gusto a los demás, ¡y desde entonces fui feliz!”.

Contemplando un domingo, una estampa de Jesús Crucificado quedó impresionada por la sangre que caía de sus manos al suelo y nadie la recogía. Se hizo el propósito de permanecer bajo la Cruz para recoger dicha sangre divina y derramarla en las almas. “Tengo sed”. Estas palabras encendían en mí un ardor desconocido y muy vivo…Quería dar a beber a mi Amado, y yo misma me sentía devorada por la sed de almas.... No eran todavía las almas de los sacerdotes las que me atraían, sino la de los grandes pecadores; ardía en deseos de arrancarles del fuego eterno…Y para avivar mi celo, Dios me mostró que mis deseos eran de su agrado” . La noche del 17 de marzo de 1887, Enrique Pranzini asesina a dos mujeres y una niña para robarle en Paris. El 13 de julio de ese mismo año fue condenado y en agosto 31, guillotinado. Teresa al leer la noticia en el periódico inicia una verdadera campaña para pedir a Dios su conversión y evitar su condena eterna. El ofrecimiento de los méritos de Jesucristo, ganar indulgencias y una misa fueron algunas de los actos que hizo impetrar del cielo la conversión de este gran pecador público. Admira para quien lee este texto, su inmensa confianza en la misericordia de Jesús, que lo perdonaría, aun cuando, no se confesase ni estuviera arrepentido. Ella sólo pedía una “señal” del cielo. Al día siguiente de la ejecución de la sentencia, Teresa leyó el periódico: “Pranzini no se había confesado, había subido al cadalso, y se disponía a meter la cabeza en el lúgrube agujero, cuando de repente, tocado por una súbita inspiración, se volvió, cogió el crucifijo que le presentaba el sacerdote ¡y besó por tres veces sus llagas sagradas…! Después su alma voló a recibir la sentencia misericordiosa de Aquel que dijo que habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por los noventa y nueve justos que no necesitan convertirse…”.

Desde este momento este pecador Teresa lo consideró su primer hijo espiritual que recibió la sangre del Crucificado y fue perdonado, purificado de sus culpas. Sentía en su interior las mismas palabras dirigidas a la Samaritana: “¡Dame de beber!” Era un verdadero intercambio de amor: yo daba a las almas la sangre de Jesús, y a Jesús le ofrecía esas mismas almas refrescadas por su rocío divino. Así me parecía que aplacaba su sed. Y cuanto más le deba de beber, mas crecía la sed de mi pobre alma, y esta sed ardiente que él me daba era la bebida más deliciosa de su amor…” . Vemos a Teresa en un doble movimiento de crecimiento en su vida teologal: firma adhesión a la obra redentora de Jesucristo en el apostolado y el trabajo interior de disponerse a la acción del Espíritu que hacía germinar en ella el hombre nuevo. Aprende que amar “es obrar en despojarse y desnudarse por Dios de todo lo que no es Dios” , en nuestra vida, como enseña San Juan de la Cruz.

g.- Jesucristo: el amor hecho hombre.

En su adolescencia Teresa se descubre enamorada de Jesucristo, nuestro Señor, después de sentir que EL la cuidó, la adornó y la hizo suya. Pensemos que cuando escribe el Manuscrito A cuenta ya con 22 años, es decir, está haciendo recuerdos de su adolescencia, de su vida de familia. De la lectura de San Juan de la Cruz se aplicó el texto de Ezequiel 16,8-13. “Estaba en la edad más peligrosa para las chicas. Pero Dios hizo conmigo lo que cuanta Ezequiel en sus profecías “Al pasar junto a mí, Jesús vio que yo estaba ya en la edad del amor. Hizo alianza conmigo, y fui suya… Extendió su manto sobre mí, me lavó con perfumes preciosos, me vistió de bordados y me adornó con collares y con joyas sin precio… Me alimentó con flor a de harina, miel y aceite en abundancia… Me hice cada vez más hermosa a sus ojos y llegué a ser como una reina…”. Pero no sólo la cuidó para sí sino que como buen Maestro la alimentó con flor de harina que leyó en la Imitación de Cristo de Kempis, las charlas del Abate Arminjon y sobre todo el Evangelio.

h.- Mujer sabia.

La formación intelectual de Teresa comenzó a los ocho años (3 de octubre de 1880), cuando ingresó a la Abadía y terminó a los trece (febrero-marzo de 1886) que por motivos de salud su padre la sacó del internado. Comenzó a tener clases particulares para completar su educación con la Sra. de Papinau. Por esta razón se vuelca al conocimiento del mundo y sus saberes. A ella le interesaba todo lo que la llevara a Dios por el camino de la religión: las grandes verdades de la fe colmaban su espíritu. Vislumbraba con los ojos de la fe los tesoros de gloria que esperaban a todos los que amaban a Dios. Descubre que todos los sacrificios de esta vida no son nada en comparación de los bienes definitivos, “quería amar, amar apasionadamente a Jesús y darle mil muestras de amor mientras pudiese…”.

i.- Creer en Dios.

En sus catorce años ya florecía la vida teologal de Teresa en un continuo caminar hacia El. Un avanzar, no sola, sino acompañada de Celina. Jesús las hizo hermanas del alma. Se aplica la estrofa 25 del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz. Teresa habla de gracias recibidas en la contemplación de la naturaleza en sus manifestaciones nocturnas: la luna, la brisa, las estrellas. Todo era un expandir su alma. “De esta manera se dignaba manifestarse a nuestras almas, ¡pero qué fino y transparente era el velo que ocultaba a Jesús de nuestras miradas…! No había lugar para la duda, ya no eran necesarias la fe ni la esperanza: el amor nos hacía encontrar en la tierra al que buscábamos” . Esta declaración es importante tenerla en cuenta ya que si bien ahora vive en la luz esplendorosa de la fe, conocerá al final de su vida, la más completa oscuridad. Nunca dejará de creer en la prueba sólo que no será en forma sensible como ahora, sino que habrá un progreso, que consistirá en vivir de pura fe, pura y desnuda, sin apoyos humanos ni consuelos divinos. Era Jesús y sólo Jesús quien la guiaba y educaba en la fe. Venía a su alma en la comunión, bajaba del cielo no al copón en el sagrario sino que buscaba su alma como otro cielo en que habitar como templo vivo de la Santísima Trinidad . “El que en los días de su vida mortal exclamó en un transporte de alegría: “Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla” quería hacer resplandecer en mí su misericordia. Porque yo era débil y pequeña, se abajaba hasta mí y me instruía en secreto en las cosas de su amor….unos secretos que toda sus ciencia no puede descubrirles a ellos porque para poseerlos es necesario ser pobres de espíritu…Como dice su San Juan de la Cruz en su Cántico: “Sin otra luz ni guía/ sino la que en el corazón ardía./ Aquesta me guiaba/ más cierto que la luz del mediodía/ adonde me esperaba/ quien yo bien me sabía” .

2.- CAMINO DEL CARMELO (1886-1897).

a.- Carrera hacia la meta.

Era el Carmelo donde Jesucristo la esperaba, la llamaba y acompañaba a encaminar sus pasos. Muchos fueron los obstáculos que debió sortear, antes de ver realizado su ideal. Fue un año de luchas, lágrimas, consuelos y arideces, noches y luces que la hicieron más fuerte en su deseo de consagrar su vida a Dios en el Carmelo de Lisieux. Respecto a la vocación de Teresa los primeros atisbos los encontramos a sus dos tiernos años: “Oía con frecuencia que Paulina sería religiosa, y yo entonces, sin saber lo que era eso, pensaba: Yo también seré religiosa. Es este uno de mis primeros recuerdos, y desde entonces ya nunca cambié de meros recuerdos, y desde entonces ya nunca cambié de intención…Fuiste tú Madre querida, la persona que Jesús escogió para desposarme con él…Tú eras mi ideal, yo quería parecerme a ti, y tu ejemplo fue lo que me arrastró, desde los dos años de edad, hacia el Esposo de las vírgenes” . Antes de sentarse a la sombra de Aquel que deseaba , tenía que pasar muchas pruebas. “Pero la llamada era tan apremiante, que si hubiera tenido que pasar por entre llamas, lo habría hecho por ser fiel a Jesús…” . Su hermana María le decía que era muy joven, Inés moderaba sus deseos. Si no hubiera tenido vocación se volvía atrás en su lucha, pero como había comenzado a responder a Jesús y a sus enseñanzas, conoció la prueba de la fidelidad.

El 29 de mayo de 1887, Pentecostés, solicita el permiso de su padre para ingresar al Carmelo de Lisieux. .

Cuatro meses después de haber obtenido el permiso de su padre, pide el permiso a su tío materno el Sr. Guerin el 8 de octubre de 1887. Rechazó la petición. Hasta cumplir los 17 años no se hablaría del tema. Un atentado a la prudencia humana. Era el tutor de sus sobrinas.

Luego de una carta de sor Inés a su tío desde el Carmelo cambió su actitud y concedió el permiso. Esto sucedió el 22 de octubre de 1887.

El superior eclesiástico del Carmelo, delegado del Obispo, Sr. Delatroëte no da su consentimiento hasta que cumpla los 21 años. Al parecer había tenido una experiencia negativa al respecto anteriormente.

Visita al obispo de Bayeux, Mons. Hugonin quien dilata su respuesta. Se alegraba que participara en la peregrinación a Roma para afianzar su vocación .

La noche había caído sobre el espíritu de Teresa. Se encontraba sola, en un desierto sin consuelos ni del cielo ni de la tierra. Se sentía abandonada de parte de Jesús, parecía que dormía en su alma, en su barquilla. Su dolor lo comparaba al que sintió la Virgen buscando a su Hijo en Jerusalén, al del mismo Jesús en el huerto de Getsemaní. Dios la había abandonado.

b.- Súplica a León XIII.

Su viaje a Roma, con motivo del jubileo de las bodas de oro sacerdotales del Papa León XIII, nos revela el alma de Teresa frente a las maravillas de la naturaleza, las miserias y glorias humanas y su ardiente deseo de consagración a Dios en el claustro del Carmelo. El viaje duró del 4 de noviembre de 1887 hasta el viernes 2 de diciembre del mismo año. En esta peregrinación, de ciento noventa y cinco personas, además de la nobleza Normanda, iba un buen número de sacerdotes (73) seculares. La Santa hace crítica a quienes colocaban en los títulos nobiliarios toda su grandeza: “Comprendí que la verdadera grandeza está en el alma y no en el nombre, pues como dice Isaías: El Señor dará otro nombre a sus elegidos, y san Juan dice también: “Al vencedor le daré una piedra blanca en la que hay escrito un nombre nuevo que sólo conoce quien lo recibe”. Sólo en el cielo conoceremos nuestro título de nobleza. Entonces recibirá de Dios la alabanza que merece. Y el que en la tierra haya querido ser el más pobre y el más olvidado, por amor a Jesús, ¡ese será el primero y el más noble y el más rico…! En Italia comprendí mí vocación. Y no era ir a buscar demasiado lejos un conocimiento tan importante…” .

Otra experiencia fuerte fue la que tuvo con los sacerdotes. Ella tenía la imagen que los sacerdotes eran santos pero “no dejan de ser hombres débiles y frágiles… Si los sacerdotes santos, a los que Jesús llama en el Evangelio “sal de la tierra”, muestran en su conducta que tienen una enorme necesidad de que se rece por ellos, ¿qué habrá que decir de los que son tibios? ¿No ha dicho también Jesús: “Si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? ¡Qué hermosa es Madre querida, la vocación que tiene como objeto conservar la sal destinada a las almas! Y esta es la vocación del Carmelo, pues el único fin de nuestras oraciones y de nuestros sacrificios es ser apóstoles de apóstoles, rezando por ellos mientras evangelizan a las almas con su palabra, y sobre todo con su ejemplo…” . Será este estamento de la sociedad eclesial al que primero va a dedicar su oración como carmelita. Responde así al deseo de Santa Teresa de Jesús que lo coloca dentro de los fines espirituales de la reforma carmelitana .

La entrevista con León XIII fue le causó una gran impresión pero eso no quitó que Teresa saliera un tanto desconsolada aunque una paz la invadía desde lo interior. La solicitud de Teresa fue esta: “Santísimo Padre, en honor de vuestras bodas de oro, permitidme entrar en el Carmelo a los 15 años…Vamos, vamos… Entrarás si Dios quiere…En el fondo del corazón yo sentía una gran paz, puesto que había hecho absolutamente todo lo que estaba en mis manos para responder a lo que Dios pedía de mí. Pero esa paz estaba en el fondo, mientras la amargura inundaba mi alma, pues Jesús callaba. Parecía estar ausente, nada me revelaba su presencia…” .

La joven había hecho todo lo humanamente posible para entrar en el Carmelo a los quince años. Los hombres no lo habían permitido; ahora todo dependía de Dios, tal como lo había dicho el Papa: entrarás si Dios quiere. “Sin embargo, las últimas palabras del Santo Padre deberían haberme consolado: ¿no eran, en realidad, una verdadera profecía? A pesar de todos los obstáculos, se realizó lo que Dios quiso. No permitió a las criaturas hacer lo que ellas querían, sino lo que quería él…”.

c.- Teresa atraviesa el desierto.

Nace aquí una nueva forma de relacionarse Jesús con Teresa: la aridez, el silencio, la presencia-ausencia. Ella responde con una imagen: el juguetito de Jesús. Eso será para El, un juguete que él usa y deja en un rincón cuando quiere. Un juguete “que pudiera tirar al suelo, o golpear con el pie, o agujerear, o dejarla en un rincón, o bien, si le apetecía, estrecharla contra su corazón. En una palabra, quería divertir al Niño Jesús, agradarle, entregarme a sus caprichos infantiles… Y él había escuchado mi oración…En Roma Jesús agujereó su juguetito. Quería ver lo que había dentro. Y luego, una vez que lo vio, satisfecho de su descubrimiento, dejó caer su pelotita y se quedó dormido… ¿Y qué hizo mientras dormía dulcemente, y qué fue de la pelotita abandonada…? Jesús soñó que seguía divirtiéndose con su juguete, tirándolo y cogiéndolo una y otra vez; y luego, que, después de haberlo echado a rodar muy lejos, lo estrechaba contra su corazón sin dejarlo alejarse ya nunca más de su manita…Imagínate, Madre querida, lo triste que se sentiría la pelotita al verse tirada por el suelo…Sin embargo, no dejé de esperar contra toda esperanza” . Su única esperanza fue la ayuda de Mons. Révérony, vicario general de la diócesis de Bayeux, quién haría todo lo posible por que entrase en el Carmelo .

En diciembre, (entre el 3 y 8), Teresa escribe dos cartas: una a Mons. Hugonin, el obispo y otra al Vicario general Mons. Révérony, el día 16, pidiendo la entrada al Carmelo para Navidad. El 28 de diciembre de 1887, Teresa es admitida en la comunidad de Carmelitas Descalzas de Lisieux, luego del permiso que brindó el obispo por carta a la M. María de Gonzaga. Pero de esto no entera Teresa hasta el año siguiente. Esa Navidad, primer aniversario de su conversión, Teresa asiste a la Misa del Gallo con el corazón roto por el dolor de no haber podido estar para esa fiesta tras las rejas de su amado Carmelo. “Fue una prueba muy dura para mi fe. Pero Aquel cuyo corazón vela mientras él duerme me hizo comprender que él obra auténticos milagros y cambia las montañas de lugar a favor de quienes tienen una fe como grano de mostaza… Así actuó Jesús con su Teresita: después de haberla probado durante mucho tiempo, colmó todos los deseos de su corazón…”.

d.- El Niño Jesús prepara su ingreso al Carmelo.

Una imagen del Niño Jesús la recibió con su nombre escrito en la pelotita del mundo: Un delicadeza de su hermana Inés de Jesús. Ella les contó como Celina una vez de regresar de la Misa de medianoche en su habitación encontró otra imagen del Niño Jesús dormido con una pelotita a su lado, en una barca, en cuya vela había escrita una sola palabra: Abandono. El primero de enero de 1888, Teresa recibe una carta de Sor Inés donde le comunica su admisión para finales de diciembre pero que la comunidad había decidido recibirla hasta después de la cuaresma. Debía esperar tres meses para su ingreso; en la vida de Teresa será una constante tener que esperar. ¿Cómo iban a transcurrir esos tres meses de espera? ¿Cómo se prepara espiritualmente? “Decidí entregarme con más intensidad que nunca a una vida seria y mortificada… Mis mortificaciones consistían en doblegar mi voluntad, siempre dispuesta a salirse con la suya; en callar cualquier palabra de réplica; en prestar pequeños servicios sin hacerlos valer; en no apoyar la espalda cuando estaba sentada, etc. …me fui preparando a ser la prometida de Jesús” .

Autor: Julio Cesar Gonzalez Carretti OCD

Fuente: www.caminando-con-maria.org

i. Ms. A 29v-30v.

ii. Cfr. Ms. A 56v.

iii. Ms.A 33v.

iv. Ms.A 35r; cfr.CB 22,8.

v. Cfr Ms.C 10v; Cta.36; 103.

vi. Cfr.Ms.A 35v.

vii. Ms.A 36r.

viii. Ms.A 36v.

ix. Ms.A 40v.

x. Ms.A 13r; 25v.

xi. Cfr.Ms.A 42v.

xii. Ms.A 44v.

xiii. Ms.A 45r.

xiv. Ms.A 45r-45v; cfr.UC 8.3.3.

xv. Cfr.LB 1,34.

xvi. Ms.A 45v.

xvii. Ms.A 45v.

xviii. Ms.A 45v-46r.

xix. Ms.A 46v.

xx. 2S 5,7.

xxi. Ms.A 47r.

xxii. Ms.A 47v.

xxiii. Ms.A 48r.

xxiv. Cfr.Ms.A 48v; cfr.1Cor.3,16.

xxv. Ms.A 49,r.

xxvi. Ms.A 4v.

xxvii. Cfr.Ct.2,3.

xxviii. Ms.A 49r.

xxix. Cfr. Ms.A 50r.

xxx. Cfr.Ms.A51r;Cta.27.

xxxi. Cfr.Ms.A 51v.

xxxii. Ms.A 52r.

xxxiii. Cfr. Ms.A 53v-55v.

xxxiv. Cfr. Ms.A51r.

xxxv. Ms.A 56r.

xxxvi. Ms.A 56r.

xxxvii. Cfr.CV 1,2.5.

xxxviii. Ms.A 63r-64r.

xxxix. Ms.A 64r.

xl. Ms.A 64v; Cfr.Rm.4,18.

xli. Ms.A 66v.

xlii. Cfr. Cta.48b.

xliii. Cfr.Cta.39.

xliv. Ms.A 67v.

xlv. Cfr.Ms.A68r.

xlvi. Ms.A 68v.

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  Comentarios (2)
 1 GRATITUD
Escrito por susana, el 20-08-2011 18:56
TERESITA LINDISIMA AMIGITA tu vida encantadora me hace ver tambien a jesus como un niño, un niño que en belen se nos mostro , una navidad yo le dije "jesucito eres tan lindo, te quiero cargar y llevar y el me contesto "hazlo pero, comparteme con los demas, yo, me siento tan pequeña para una mision tan importante, LLEVARLO A LOS DEMAS, gracias teresita porque ese celo que tu tuviste de que jesucito fuera anunciado por todo el mundo, siento que tu me mostraste que debo hacer en mi vida, gracias dios mio y gracias querida teresita
 2 GRACIAS
Escrito por dora, el 28-09-2008 18:56
Sta.Teresita doy gracias a la Santisima Virgen por conocer tu vida y tratar de de imitar.
 
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