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Carta Pontificia al obispo de Bayeux, con motivo del centenario de Santa Teresa de Jesús PDF Imprimir E-Mail

S. S. Pablo VI


En este año de 1973, el centenario del nacimiento de Teresa Martín se presenta como una luz providencial. ¡Que su proximidad a Dios y la sencillez de su oración arrastren los corazones a buscar lo esencial! ¡Que su esperanza abra el camino a los que dudan de Dios o sufren sus limitaciones! ¡Que el realismo de su amor eleve nuestras tareas cotidianas y transfigure nuestras relaciones en un clima de confianza en la Iglesia! Y, desde lo alto del Cielo, no lo dudemos, Santa Teresita del Niño Jesús, a lo largo de este año jubilar, no cesará de realizar sobre la Tierra todo el bien que prometió.
En nuestra época, la intimidad con Dios sigue siendo un objetivo capital, pero difícil. En efecto, se ha lanzado la sospecha sobre Dios; se ha calificado de alienación toda búsqueda de Dios por sí mismo; un mundo ampliamente secularizado tiende a separar de su fuente y de su finalidad divinas la existencia y la acción de los hombres. Y, por tanto, la necesidad de una oración contemplativa, desinteresada, gratuita, se deja sentir cada vez más. El mismo apostolado, a todos sus niveles, debe echar sus raíces en la oración, alcanzar el corazón de Cristo, bajo pena de disolverse en una actividad que no conservaría de evangélica otra cosa que el nombre.
 
 
Guía incomparable en la oración
 
Frente a esta situación, Teresa sigue siendo, ante todo, aquella que ha creído apasionadamente en el amor de Dios, que ha vivido bajo su mirada los menores detalles cotidianos, marchando en su presencia; que ha hecho de toda su vida un coloquio con el Ser querido, y que ha encontrado en Él no solamente una aventura espiritual extraordinaria, sino el lugar en el que alcanzaba los horizontes más amplios y participaba íntimamente de las preocupaciones y de las necesidades misioneras de la Iglesia. Todos los que hoy día están buscando lo esencial, que presienten la dimensión interior de la persona humana, que buscan el soplo capaz de suscitar una verdadera oración y de dar un valor teologal a toda su vida, son invitados por Nos, sean contemplativos o apóstoles, a volverse hacia la carmelita de Lisieux: por encima del lenguaje, marcado necesariamente por su época, ella constituye una guía incomparable por los caminos de la oración.
Hoy es necesario igualmente reavivar la esperanza. Muchos experimentan duramente los límites de sus fuerzas físicas y morales, y se sienten incapaces ante los inmensos problemas del mundo, de los que se consideran, con toda razón, solidarios. El trabajo cotidiano les parece agobiante, oscuro, inútil. Más aún, a veces la enfermedad los condena a la inactividad, la persecución extiende sobre ellos un velo asfixiante. Los más lúcidos sienten todavía más su propia debilidad, su cobardía, su pequeñez. El sentido de la vida puede no aparecérseles claramente; el silencio de Dios, como se dice, puede hacerse opresor.
 
 
Camino de infancia, no pueril
           
Algunos se resignan con pasividad; otros se encierran en su egoísmo o en el goce inmediato; otros se endurecen o se rebelan; otros, finalmente, se desesperan. A unos y a otros, Teresita «del Niño Jesús y de la Santa Faz» enseña a no contar consigo mismos, ya se trate de la virtud o de la limitación, sino con el amor misterioso de Cristo, el cual es mayor que nuestro corazón, y nos asocia a la ofrenda de su Pasión y al dinamismo de su Vida. ¡Ojalá pueda ella enseñar a todos el «pequeño camino real» del espíritu de infancia, que es justamente todo lo contrario de la puerilidad, de la pasividad, de la tristeza! Crueles pruebas de familia, escrúpulos, temores y otras dificultades, incluso parecían iban a ser capaces de impedir su perfección; la enfermedad no perdonó su juventud; más aún, ella experimentó profundamente la noche de la fe. Y Dios le hizo encontrar, en el seno mismo de esa noche, el abandono confiado y el valor, la paciencia y la alegría, en una palabra, la verdadera libertad. Invitamos a todos los hombres de buena voluntad, particularmente a los pequeños y a los humillados, a meditar esta paradoja de la esperanza.
Finalmente, la inserción realista en la comunidad cristiana en la que nos ha correspondido vivir en el momento presente se nos aparece como una gracia extraordinariamente deseable para nuestro tiempo. Muchos cristianos no ven bien la forma de conciliar concretamente la perfección personal y las exigencias de la obediencia religiosa o de la vida en común; la libertad y la autoridad; la santidad y la institución; la verdad de las relaciones y la caridad; la diversidad de los carismas y la unidad; el realismo cotidiano y la contestación «profética» del presente... Santa Teresa se encontró constantemente frente a tales problemas. Sería vano, ciertamente, buscar en ella una formulación moderna de estas cuestiones, y menos todavía soluciones sistemáticas. Pero no se pueden negar las intuiciones luminosas que han presidido sus relaciones diarias con sus hermanas —concretamente las novicias que fueron sus compañeras— y su inserción en el marco estrecho de su vida conventual. Con la finura de su sensibilidad, la lucidez de su juicio, su deseo de simplificación, su adhesión a lo esencial, se puede decir que ella siguió al Espíritu Santo, llevó una vida original, desarrolló su propia personalidad espiritual y permitió a muchas almas que alcanzasen un impulso nuevo y apropiado a cada una de ellas.
 
 
Necesidad de santidad en la Iglesia
 
Pero para hacer esto, ella no se alejó de la obediencia; supo utilizar con realismo los humildes medios que le ofrecía su comunidad y que la Iglesia ponía a su disposición. No esperó en modo alguno, para comenzar a actuar, un modo de vida ideal, un ambiente más perfecto; digamos, más bien, que ella contribuyó a cambiarlos desde dentro. La humildad es el espacio del amor. Su búsqueda del Absoluto y la trascendencia de su caridad la permitieron salvar los obstáculos o, mejor, transformar estas limitaciones. Con confianza ha conseguido de una vez lo esencial de la Iglesia, su corazón, que ella no ha separado jamás del Corazón de Jesús. ¡Ojalá pueda ella obtener hoy día, a todos sus hermanos y hermanas católicos, este amor de la Iglesia nuestra Madre!
Sí, de su ejemplo, de su intercesión, esperamos grandes gracias. Que los laicos beban allí el gusto de la vida interior, el dinamismo de una caridad sin fisuras, sin separar jamás su obra terrena de la realidad del Cielo. Que los religiosos y las religiosas se sientan fortalecidos en su entrega total al Señor. Que los sacerdotes, por los cuales tanto oró, comprendan la belleza de su ministerio consagrado al servicio del amor divino. Y que los jóvenes cuya generosidad o fe duda hoy día ante la perspectiva de una consagración absoluta y definitiva descubran la posibilidad y el valor inigualables de semejante vocación, ante la cual, incluso antes de cumplir los quince años, se dispuso a renunciar a todo lo que no fuese Dios, para mejor consagrar su vida a «amar a Jesús y a hacerlo amar». Ella no se arrepintió y dijo en su lecho de muerte que «se había entregado al Amor». Dios Padre es fiel: el amor de Jesús no engaña; el Espíritu Santo viene con toda seguridad en ayuda de nuestra debilidad. Y la Iglesia necesita, ante todo, santidad.
 
 
Palabras de aliento
 
Formulando estos votos con un corazón ardiente, os alentamos, pues, querido hermano en el Episcopado, a emplear todos los medios para que el mensaje de la santa de Lisieux sea propuesto nuevamente, meditado, profundizado, de acuerdo con las necesidades espirituales de nuestro tiempo. Os felicitamos por el recibimiento que vuestra diócesis prepara a los peregrinos, en la atmosfera de alegría, de sencillez y de recogimiento que rodea a este acontecimiento religioso. Exhortamos a los predicadores a que hagan del mismo el tema de sus homilías, de sus catequesis, de sus retiros, de sus peregrinaciones, e igualmente a los teólogos a que penetren a fondo en la doctrina espiritual de Santa Teresita del Niño Jesús. Constituye una alegría para Nos saber que un gran número de publicaciones selectas contribuye a dar luz cada vez más sobre esta alma santa, a dar un eco profundo a su aventura espiritual, en el respeto necesario a la autenticidad de los hechos y al papel misterioso de la gracia.
Invitamos también a los peregrinos de Alençon y de Lisieux a que recen por nuestro ministerio de Pastor universal. Y a vos mismo, a todos los que se esfuercen por llegar más adelante en el camino abierto por Santa Teresita del Niño Jesús y, sobre todo, a las queridas religiosas carmelitas, impartimos, con nuestros alientos paternales, nuestra bendición apostólica.
 
 
 


Del Vaticano, 2 de enero de 1973
(«O. R.», 4-1-73; original francés, traducción de ECCLESIA)
 

Fuente: http://www.omp.es/OMP/espiritualidad/santos/santateresalisieux/pabloVI.htm  


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