¿Sabías que?

Es patrona de las misiones, pero nunca salió del convento.

Puede parecer sorprendente: Santa Teresita es patrona de las misiones y nunca salió de la clausura del Carmelo de Lisieux.

El propio san Juan Pablo II destacó esta aparente paradoja en 1997: Teresita fue modelo de compromiso misionero y patrona de las misiones, aunque nunca abandonó el convento.

Su deseo de ser misionera

Teresita tenía un profundo deseo de llevar el Evangelio a todas partes.

No podía hacerlo viajando ni predicando públicamente, porque su vocación era contemplativa.

Pero comprendió que también podía participar en la misión de la Iglesia mediante la oración, el amor y la entrega cotidiana.

Juan Pablo II explicó que Teresita vivió su vocación misionera sosteniendo espiritualmente a quienes anunciaban el Evangelio.

Misionera desde el convento

Durante sus años en el Carmelo acompañó especialmente a sacerdotes misioneros.

Entre ellos estuvieron Maurice Bellière, destinado a África, y Adolphe Roulland, misionero en China.

Teresita rezaba por ellos, les escribía y compartía espiritualmente su misión.

Así descubrió que no hacía falta recorrer grandes distancias para participar de la evangelización.

La misión también podía vivirse desde el silencio de un convento.

El corazón de la Iglesia

Para Teresita, la oración y el amor no eran algo separado de la misión.

Comprendió que el amor sostiene toda la actividad de la Iglesia.

Por eso podía sentirse misionera sin abandonar Lisieux: su deseo era amar a Cristo y ayudar a que otros también lo amaran.

Una enseñanza para todos

Su ejemplo amplía el significado de la palabra “misión”.

No todos pueden viajar a lugares lejanos, pero todos pueden participar de la misión de la Iglesia mediante la oración, el testimonio y el amor.

Santa Teresita mostró que una vida aparentemente escondida puede tener una fecundidad inmensa.

Por eso terminó convirtiéndose en patrona de quienes llevan el Evangelio por todo el mundo.

Fuentes principales:
Santa Sede, Ángelus de san Juan Pablo II, 19 de octubre de 1997.
Santa Sede, homilía del 19 de octubre de 1997.