Introducción a las oraciones
Aun cuando Teresa haya compuesto las veintiún oraciones que aquí recogemos, nunca sintió la tentación de rivalizar con la intensa creatividad de su época en este campo. Es más, ella misma confesó que no apreciaba demasiado esta superproducción: "Fuera del Oficio divino, que tan indigna soy de recitar, no me siento con ánimos para sujetarme a buscar en los libros bellas oraciones; me causa dolor de cabeza. ¡Hay tantas...! ¡...Y cada cual más bella...!" (Ms C 25rº).
Estas líneas, escritas en junio de 1897, dejan traslucir un cierto humor; y sin embargo, está ya muy enferma cuando redacta su último manuscrito. No, Teresa nunca quiso componer "bellas" oraciones. Se ha vuelto demasiado sencilla, demasiado niña, demasiado "pequeña" desde que ha entrado por el camino de la confianza y del amor. A sus ojos, lo único que cuenta es la verdad. Hay que tener mucho cuidado con la "moneda falsa" en materia espiritual (CA 8.7.16). La joven carmelita, siempre tan lúcida, tiene verdadero miedo a la inflación verbal: "No desprecio los pensamientos profundos, que alimentan al alma y la unen a Dios. Pero hace mucho tiempo ya que he comprendido que no hay que apoyarse en ellos, ni hacer consistir la perfección en recibir abundantes luces. Los pensamientos más hermosos no son nada sin las obras" (Ms c 19vº).
Ella reza de la manera más sencilla: "Dios nunca se cansa de escucharme cuando le cuento con toda sencillez mis penas y mis alegrías como si él no las conociese..." (Ms C 32vº).
Todo lo que brota del corazón y de la pluma de sor Teresa del Niño Jesús tiene esa misma autenticidad interior. La única "definición" que nos dejó manifiesta esa espontaneidad: "Para mí, la oración es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de agradecimiento y de amor, tanto en medio del sufrimiento como en medio de la alegría. En una palabra, es algo grande, algo sobrenatural, que me dilata el alma y me une a Jesús" (Ms C 25rº).
Evidentemente, estas veintiún oraciones no deben hacernos olvidar todas las que se encuentran en sus otros escritos. Así por ejemplo, en los Manuscritos Autobiográficos con frecuencia el relato se desliza hacia la oración1. En el simple plano literario, Teresa alcanza cotas muy altas cuando se dirige directamente a Jesús. Como ocurre en el Ms B: "Al escribir, le hablo a Jesús; así me resulta más fácil expresar mis pensamientos" (Ms B 1vº). Arrastrada por su impulso interior, tropieza con las limitaciones del lenguaje y lamenta con frecuencia no poder expresar lo que siente: "¡Cómo me gustaría saber explicar mi pensamiento!"(Ms A 38 vº). "A la palabra humana le es imposible expresar ciertas cosas que el corazón del hombre apenas si puede vislumbrar..." (Ms B 1rº). Y cuando llega a los límites de lo inefable, Teresa entra en la oración silenciosa que ya no requiere palabras: "Muchas veces, sólo el silencio es capaz de expresar mi oración, pero el huésped divino del sagrario lo comprende todo, aun el silencio del alma de una hija que está llena de gratitud..." (Cta 138; Cta 106).
Se comprende así la importancia de las dos horas diarias de oración en la vida de carmelita de Teresa. Basta leer la parábola del "pajarillo" (Ms B 4vº/5 rº) para captar en todo su realismo la actitud de la carmelita, allí quieta "mirando fijamente a su Sol divino", sin importarle las nubes ni las tormentas.
Por lo demás, ¿no es altamente revelador que treinta y tres de sus cincuenta y cuatro poesías sean verdaderas oraciones? Las Recreaciones están también salpicadas de ellas por todas partes. Y las cartas contienen también invocaciones a Jesús y numerosas citas bíblicas.
Las oraciones de Teresa
Teresa ha dejado veintiún oraciones escritas, de importancia cuantitativa muy dispar, ya que algunas no constan más que de una línea y la más larga tiene setenta y cinco.
Sin usar demasiados artificios, se las podría agrupar según unos criterios de fácil aplicación:
- oraciones espontáneas, escritas en situaciones de angustia o de alegría (Or 1, 14, 15, 16, 17, 19, 21);
- oraciones "pedagógicas", compuestas para una u otra de las novicias (Or 3, 4, 5, 7, 18, 20) y para una persona seglar (Or 10);
- oraciones mayores, en un momento decisivo de la vida de Teresa (profesión, Or 2; Acto de ofrenda, Or 6; oración por un hermano espiritual, Or 8; consagración a la Santa Faz, Or 12).
Estas oraciones van punteando a su manera el caminar de Teresa y ritmando su "carrera de gigante" 2.
La importancia de las mismas no se mide por su extensión. Nada tan conmovedor como esas "oraciones-grito" (Or 1, 11, 19), o jaculatorias como entonces se las llamaba, flechas lanzadas hacia el cielo según los Padres del desierto. Tienen que haber salido de lo más hondo de un corazón angustiado para que Teresa haya querido escribirlas con el fin de poderlas repetir y volver a leer una y otra vez.
La súplica a la Virgen María (Or 1) que le había sonreído "en la mañana de su vida" el 13 de marzo de 1883, es sin duda un eco de aquellos dos "sufrimientos del alma" (Ms A 30 vº) que padeció todavía durante mucho tiempo después de su curación física.
Trece años más tarde, sumergida en una angustia todavía mayor, la Oración 19 (1897) ilustra un pasaje del Ms C: "Creo haber hecho más actos de fe de un año a esta parte que en toda mi vida" 3. Estas dos líneas escritas en un pobre borrador, y que atestiguan la rudeza del combate, son más elocuentes que mil palabras.
La Oración 11, todavía más breve, escrita en la parte superior de un icono de la Santa Faz de Tours, expresa el intenso deseo de parecerse al Amado que anunciara Isaías 53. En el cara a cara Teresa-Jesús, la carmelita implora la gracia de la semejanza, según los deseos de su maestro san Juan de la Cruz: hacerse semejante al esposo del Cantar de los Cantares 4. Un deseo que aparece expresado de nuevo en la Oración 16: "Dígnate imprimir en mí tu divina semejanza".
Menos vibrantes de angustia y de amor impetuoso aparecen las poesías de los años 1893-1894, que se pueden calificar de "pedagógicas" a condición de no pensar que Teresa las escribió únicamente para otros las usaran. Es muy cierto que pretende ayudar a las novicias que le han sido confiadas, pero cuando dice "nosotras" se implica también ella por entero. Al ponerse a la cabeza de aquel pequeño rebaño, lo arrastra tras de sí a un esfuerzo ascético de reparación (Or 9), sobre todo de las blasfemias (Or 4); les enseña a mantener los ojos bajos en el refectorio (Or 3), a adiestrarse en las oraciones y en los sacrificios (Or 5), a "hacer el examen de la noche" (Or 7), a alcanzar la humildad (Or 20).
No es, sin duda, una simple coincidencia el que las Oraciones 11 a 16 (año 1896 y principios del 1897) estén centradas en la contemplación de la Santa Faz. A partir del 10 de enero de 1889 (fecha de su toma de hábito), sor Teresa del Niño Jesús había completado su nombre con la advocación "(y) de la Santa Faz". Con mucha frecuencia había meditado en misterioso Siervo del Segundo Isaías. Y esta fascinación por "la Faz adorable de Jesús" nunca se extinguió en ella. El cántico del 12 de agosto de 1895 es una clara prueba de que esta contemplación persistía:
- Tu Faz es mi sola patria...
- En ella, escondida siempre,
- a ti me pareceré... 5.
La brusca entrada en la noche, en Pascua de 1896, reavivó la atracción por esta "Faz querida" y "velada". Ahí tiene su origen, el 6 de agosto de ese año, fiesta de la Transfiguración, la consagración a la Santa Faz (Or 12), cuya importancia no ha sido quizás suficientemente subrayada por los estudiosos de Teresa. Basta ver el original para observar con qué cuidado quiso ella solemnizarlo. Nótese la fuerte inspiración apostólica ("nos hacen falta almas..."), que coincide en este período con la ampliación de su deseo misionero.
Este había sufrido un fuerte impulso algunos meses antes debido a un acontecimiento imprevisto que la afectó profundamente: la madre Inés de Jesús le encomendó un seminarista, el abate Bellière, para que lo ayudase espiritualmente (Ms C 32rº). Una vez más uno de sus deseos más queridos -tener un hermano sacerdote- acaba de cumplirse de manera inesperada. E inmediatamente redacta para él un oración apostólica, que es también, en cierto modo, un acto de ofrenda, ya que por ese futuro misionero Teresa "ofrece feliz todas las oraciones y todos los sacrificios" de que pueda disponer (Or 8).
El 24 de febrero de 1897, le pedirá que haga "todos los días" esta oración por ella: "Padre misericordioso, en el nombre de nuestro buen Jesús, de la Virgen María y de los santos, te suplico que abrases a mi hermana en tu Espíritu de amor y que le concedas la gracia de hacerte amar mucho" 6.
La estampa de la Santa Faz que Teresa confeccionó para su breviario (Or 15 y 16), paralela a la del Niño Jesús (Or 13 y 14), pone bien de manifiesto ese deseo acentuado de semejanza, de identificación con el Cristo niño y sufriente. El 7 de junio de 1897, posará, aunque ya muy agotada, ante la cámara fotográfica de Celina 7, para dejar un testamento visual en dos retratos; y su nombre resumirá su vocación y su "misión": "Yo soy Jesús de Teresa", dice el Niño Jesús levantando un dedo hacia el cielo. "Yo soy Jesús de Teresa", susurra la Santa Faz con sus ojos bajos. "Yo soy Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz", responde en un eco la que pronto va a entrar en su pasión siguiendo a Jesús en Getsemaní.
Las oraciones inspiradas en Juana de Arco (Or 17) -aún no canonizada-, en san Sebastián y en los santos Inocentes (Or 18) expresan la lucha de Teresa que a finales de 1896 y comienzos de 1897 ha entrado en una fase aguda: lucha contra la enfermedad, algunos de cuyos síntomas pueden anunciar un final cercano. Al derramar también ella "la sangre de (su) corazón", quiere animar a su hermana Celina que está manteniendo también un duro combate por seguir su vocación al Carmelo (Or 17).
Y ya en la enfermería, y en el límite de sus fuerzas, Teresa redacta otra oración pedagógica para sor Marta, que cumplirá treinta y dos años en la festividad de Nuestra Señora del Carmen, "para obtener la humildad" (Or 20). Esta meditación sobre los "anonadamientos" de Jesús y sobre su propia debilidad, y el recurso a la Misericordia divina son otras tantas realidades que la enferma está viviendo. Pronto, en plena agonía, se atreverá a pronunciar esta frase audaz: "Sí, he comprendido la humildad de corazón... Me parece que soy humilde..." (CA 30.9).
Tres semanas antes había escrito dificultosamente su último autógrafo, una oración dirigida a María en la fiesta de la Natividad, séptimo aniversario de su profesión 8.
Jalonando este recorrido, emergen dos oraciones espontáneas, cual dos montañas de altura sin igual desde las que se dominan alturas y colinas: el billete de su profesión del 8 de septiembre de 1890 y el Acto de ofrenda del 9 de junio de 1895.
El primero, de grafía dolorida, expresa "a la vez el miedo de una niña y la audacia de un guerrero" 9. El nombre de Jesús -a quien Teresa tutea- aparece ocho veces en veintitrés líneas; le suplica que él, y sólo él, lo sea todo para ella y le pide el amor, "un amor cuyo centro no sea yo, sino tú, Jesús mío". Ese día, quiere salvar "muchas almas".
El segundo texto domina sobre todo el conjuntos de las Oraciones: se trata del célebre "Acto de Ofrenda de mí misma como víctima de holocausto al Amor misericordioso de Dios". Las circunstancias históricas que referimos confirman la opinión de cuantos, siguiendo a Mons. Combes, ven en esta nueva orientación de la espiritualidad "una de las revoluciones más emocionantes y grandiosas que el Espíritu Santo ha desencadenado en la evolución espiritual de la humanidad" 10. La madre Inés de Jesús sometió el texto a la aprobación de la Iglesia antes de ofrecerlo a las carmelitas. Teresa lo había propuesto espontáneamente a Celina a algunas otras hermanas. A partir de entonces, ha sido difundido en todo el mundo en millares y millares de ejemplares en todas las lenguas.
Para comprender la Oraciones en todo su valor, es preciso situar cada una de ellas en su ámbito cronológico. Al igual que en el resto de sus escritos, Teresa se comprometió de lleno en estos textos tan variados, cuya verdad radical no puede quedar velada por un lenguaje en ocasiones convencional. Sus oraciones brotaron de la necesidad: una necesidad interior en los once texto espontáneos, y una necesidad de caridad fraterna para ayudar a sus hermanas, a un seminarista, a una mujer casada. En todas y en cada una de esas ocasiones Teresa se expresa con total veracidad.
He aquí, pues, el tesoro que nos ofrece aquella joven carmelita que escribía en su último manuscrito: "Toda mi fuerza se encuentra en la oración y en el sacrificio; estas son las armas invencibles que Jesús me ha dado, y logran mover los corazones mucho más que las palabras. Muchas veces lo he comprobado por experiencia" (Ms C 24vº).