¿Sabías que?

Santa Teresita fue declarada Doctora de la Iglesia

Santa Teresita murió con apenas 24 años. No fue teóloga académica, no enseñó en una universidad y no dejó una obra sistemática de teología.

Sin embargo, el 19 de octubre de 1997, san Juan Pablo II la proclamó Doctora de la Iglesia universal.

¿Qué significa ser Doctora de la Iglesia?

El título de Doctor de la Iglesia se concede a santos cuya enseñanza posee una particular profundidad y ha demostrado tener un valor extraordinario para la vida de la Iglesia.

En el caso de Santa Teresita, su enseñanza nació de una vida sencilla, de la oración, de la lectura del Evangelio y de su propia experiencia de Dios.

Juan Pablo II destacó precisamente lo extraordinario de este hecho: una mujer joven, contemplativa y sin estudios teológicos especializados podía ofrecer a toda la Iglesia una enseñanza espiritual de enorme profundidad.

El “caminito”

Una de las aportaciones más conocidas de Teresita es lo que ella llamó su “caminito”.

No se trata de realizar acciones extraordinarias, sino de vivir cada cosa con confianza en Dios, reconociendo la propia pequeñez y abandonándose a su misericordia.

Juan Pablo II describió este camino como una vía al alcance de todos, basada en la confianza y el abandono total a la gracia de Dios.

Esta sencillez no significa superficialidad. Al contrario: detrás de ella existe una profunda comprensión del amor de Dios y de la vida cristiana.

Una ciencia del amor

Teresita comprendió que su verdadera vocación era amar.

Su enseñanza coloca en el centro la relación con Cristo, la confianza, la misericordia y el amor vivido en las pequeñas circunstancias de cada día.

Por eso su doctrina pudo atravesar culturas, edades y estados de vida.

Lo que descubrió dentro de un pequeño convento de Normandía terminó convirtiéndose en una enseñanza para toda la Iglesia.

Una Doctora diferente

La proclamación de Santa Teresita muestra que la sabiduría cristiana no depende solamente del estudio intelectual.

También puede nacer de una vida profundamente unida a Dios.

Su grandeza está precisamente en haber mostrado que el camino hacia la santidad puede recorrerse desde la pequeñez, la confianza y el amor.

Fuentes principales:
Santa Sede, homilía de san Juan Pablo II, 19 de octubre de 1997.
Santa Sede, Ángelus del 19 de octubre de 1997.