¿Sabías que?

Ofrecía pequeños sacrificios diarios por amor

Para Santa Teresita, amar a Dios no significaba necesariamente realizar grandes sacrificios.

Su vida en el Carmelo estaba formada, como la de cualquier comunidad, por tareas repetidas, horarios, obligaciones, pequeñas incomodidades y la convivencia diaria con otras personas.

Y precisamente allí encontraba innumerables oportunidades para amar.

Teresita comprendió que un pequeño sacrificio realizado con amor podía tener un enorme valor, aunque nadie más lo viera.

Hasta recoger un alfiler podía convertirse en un acto de amor

En una carta que escribió a su hermana Léonie el 22 de mayo de 1894, Teresita expresó esta idea de una manera sorprendente.

La animaba a ser fiel tanto en las cosas grandes como en las pequeñas y escribió:

«No le neguemos el menor sacrificio.»

Y enseguida utilizó un ejemplo todavía más sencillo:

«Recoger un alfiler por amor puede convertir un alma.»

La frase aparece efectivamente en la carta 164 de su correspondencia conservada por los Archivos del Carmelo de Lisieux.

No era el alfiler lo importante.

Lo que Teresita quería expresar era que ninguna acción realizada por amor era insignificante para Dios.

Pequeñas renuncias que nadie veía

Esta forma de vivir se manifestaba continuamente en el Carmelo.

Podía significar renunciar a tener razón, soportar una molestia sin quejarse, realizar un servicio que nadie había pedido o tratar con cariño a una hermana con la que le resultaba difícil convivir.

San Juan Pablo II destacó precisamente esta característica de Teresita: ofrecía al Señor hasta los detalles más pequeños de su existencia y, en las dificultades normales de la vida comunitaria, estaba dispuesta a ceder incluso cuando hacerlo le costaba interiormente.

Sus sacrificios, por lo tanto, no consistían solamente en privarse de cosas.

Muchas veces consistían sencillamente en elegir amar cuando hubiera sido más fácil pensar primero en sí misma.

Un pequeño servicio y una sonrisa

Teresita cuenta en el Manuscrito C su relación con una hermana anciana y enferma, sor San Pedro, a quien ayudaba para ir al refectorio.

Con el tiempo comenzó a prestar atención a pequeños detalles que podían hacerle más fácil la vida.

Se dio cuenta, por ejemplo, de que debido a sus manos enfermas le costaba preparar el pan. Desde entonces, Teresita procuraba ayudarla también con esa pequeña tarea.

Y antes de marcharse hacía algo todavía más sencillo:

le regalaba su mejor sonrisa.

El testimonio conservado por el Carmelo confirma que aquel gesto, que podía parecer insignificante, conmovió profundamente a sor San Pedro.

El amor daba valor a las cosas pequeñas

Aquí encontramos una de las claves para comprender a Teresita.

No buscaba acumular sacrificios como si fueran méritos. El centro era el amor.

Por eso podía encontrar valor espiritual en cosas que para otros pasarían completamente inadvertidas.

El papa Benedicto XVI resumió esta característica diciendo que Teresita llegó a vivir el amor más grande en las cosas más pequeñas de la vida cotidiana.

Y más recientemente, el papa Francisco volvió sobre la misma idea al explicar que Teresita practicaba la caridad precisamente en la pequeñez y en las cosas más sencillas de cada día.

También nosotros tenemos esas oportunidades

Quizás por eso su enseñanza sigue resultando tan cercana.

No todos podemos realizar grandes obras, viajar como misioneros o cambiar acontecimientos importantes.

Pero todos encontramos cada día pequeñas ocasiones para amar.

Una palabra que decidimos no responder.
Un favor que hacemos sin que nos lo pidan.
Una molestia que aceptamos con paciencia.
Un momento dedicado a alguien que nos necesita.
Una sonrisa cuando no tenemos demasiadas ganas de sonreír.

Son cosas pequeñas.

Pero Teresita descubrió que, cuando se hacen por amor, dejan de ser pequeñas.

Ese era uno de los secretos de su camino: no esperar oportunidades extraordinarias para amar a Dios y a los demás, sino aprovechar las que aparecen silenciosamente todos los días.

Fuentes

La frase del alfiler está documentada directamente en la carta LT 164 de Santa Teresita a Léonie, del 22 de mayo de 1894, conservada por los Archivos del Carmelo de Lisieux. El episodio de sor San Pedro procede del Manuscrito C y está reproducido por los propios Archivos del Carmelo. La interpretación de esta dimensión de su espiritualidad está también recogida por san Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco.

Carta LT 164 — Archivos del Carmelo de Lisieux